«El alzamiento del 17 de julio de 1936 en el norte de África, liderado por las fuerzas del Ejército de África, marcó el inicio efectivo de la Guerra Civil Española al proporcionar a los sublevados una base militar estratégica, profesional y colonial desde la cual proyectar su poder hacia la península.»
Desde la guerra del Rif (1921–1926), el norte de África había cobrado importancia para el Ejército español. Allí se encontraba el Ejército de África, considerado la fuerza militar más experimentada y profesional del país, compuesto por la Legión Española y los Regulares (tropas indígenas marroquíes). Este ejército era comandado por oficiales como Francisco Franco, Manuel Goded, Emilio Mola y Juan Yagüe.
La operativa se basó en la sorpresa y la rápida movilización de unidades militares clave. Alrededor de las 16:00 horas del 17 de julio, una patrulla de Guardias de Asalto y policía, liderada por el teniente Zaro y enviada por el General Romerales para registrar la Comisión de Límites, se encontró con los oficiales sublevados. La llegada inminente de un pelotón de la Legión al mando del teniente Julio de La Torre Galán, llamado con urgencia por los conspiradores, superó numéricamente a las fuerzas leales, que se rindieron y, en algunos casos, se unieron al alzamiento.
El Coronel Seguí, uno de los conspiradores, se dirigió inmediatamente al despacho del General Romerales Quintero y lo detuvo a punta de pistola. Con la máxima autoridad militar republicana neutralizada, la resistencia organizada colapsó.
Los oficiales sublevados, apoyados por las unidades militares (especialmente la Legión y los Regulares, tropas de choque del Ejército de África), procedieron a ocupar con rapidez y contundencia los principales edificios públicos y estratégicos de la ciudad.
Antes de finalizar el día 17, los militares ya se habían apoderado de Melilla y sus alrededores. La ausencia de resistencia significativa, más allá de los intentos no armados de algunos sectores obreros y republicanos (a los que el gobierno central se había negado a distribuir armas), facilitó el rápido control. La falta de armas para las organizaciones obreras contribuyó a la victoria aplastante del golpe en Melilla.
