Vicente Rojo Lluch (Fuente la Higuera, Valencia, 15 de octubre de 1894 – Madrid, 15 de junio de 1966) fue un militar español, general del Ejército de la República y una de las mentes estratégicas más brillantes del bando republicano durante la Guerra Civil Española (1936–1939). Fiel a sus principios profesionales, Rojo destacó por su inteligencia táctica, su disciplina y su lealtad institucional. Aunque combatió por la República, siempre se definió como un militar de vocación patriótica, no ideológica.
Su papel en la organización del Ejército Popular de la República y en la planificación de las principales defensas y ofensivas republicanas lo convierten en una figura clave para entender la evolución militar del conflicto español.
Nació en 1894 en el municipio valenciano de Fuente la Higuera, en el seno de una familia humilde pero profundamente religiosa. A los quince años ingresó en la Academia de Infantería de Toledo, donde se graduó en 1914, justo al estallar la Primera Guerra Mundial. Desde el inicio, demostró una gran vocación por el estudio de la táctica y la estrategia militar, así como una inclinación hacia la docencia.
Tras su paso por diversos destinos, se convirtió en profesor en la Academia de Infantería de Toledo, donde impartió clases de táctica y organización militar. Su prestigio como docente creció rápidamente, y sus alumnos —entre ellos futuros protagonistas de la Guerra Civil— lo recordaron como un oficial meticuloso, sereno y brillante.
Durante la dictadura de Primo de Rivera (1923–1930), Rojo permaneció alejado de la política, concentrado en su labor profesional. Su fe católica y su sentido del deber marcaron su carácter, alejado de los extremismos ideológicos que caracterizaron la época.
Con la proclamación de la Segunda República en 1931, Rojo mantuvo su lealtad al nuevo régimen constitucional, aunque sin militar en ningún partido político. Su posición era la de un militar profesional al servicio del Estado, más preocupado por la defensa nacional que por la política.
Al estallar la Guerra Civil Española en julio de 1936, Rojo se encontraba destinado en Madrid, donde se mantuvo fiel al gobierno republicano. Su decisión de permanecer leal a la legalidad vigente fue clave para su posterior ascenso dentro del Ejército Popular de la República. Pronto se ganó la confianza del ministro de Defensa, Indalecio Prieto, y del presidente del Consejo de Ministros, Juan Negrín.
Durante los primeros meses del conflicto, el ejército republicano se hallaba en una situación de caos: desorganización, milicias populares sin disciplina y escasez de mandos profesionales. Rojo asumió el desafío de reorganizar las fuerzas dispersas en un Ejército Popular moderno, jerarquizado y con una estructura operativa coherente.
Su labor fue fundamental en la creación de los Estados Mayores y en la planificación estratégica de la defensa de las principales ciudades republicanas. Fue nombrado Jefe del Estado Mayor Central en 1937, posición desde la cual dirigió gran parte de las operaciones más importantes del conflicto.
Vicente Rojo destacó tanto por su capacidad defensiva como por su audacia ofensiva. Algunas de las operaciones más significativas de la Guerra Civil llevan su sello:
Defensa de Madrid (1936–1937):
Rojo fue uno de los principales artífices del plan defensivo que impidió la toma de la capital por las tropas franquistas. Bajo su coordinación, se fortificó la ciudad y se establecieron líneas de resistencia que resistieron los embates enemigos. Su famoso lema “¡No pasarán!”, pronunciado por Dolores Ibárruri, simbolizó el espíritu de esa defensa organizada bajo su dirección táctica.
Batalla de Jarama (febrero de 1937):
Rojo diseñó la estrategia para frenar el avance de las tropas sublevadas que intentaban cortar las comunicaciones entre Madrid y Valencia. Aunque la batalla fue muy sangrienta, logró su objetivo: Madrid no quedó aislada.
Batalla de Guadalajara (marzo de 1937):
Una de las pocas victorias republicanas en campo abierto. Rojo coordinó con éxito las fuerzas que derrotaron a las tropas italianas enviadas por Mussolini, reforzando la moral republicana.
Batalla de Brunete (julio de 1937):
Planeó esta ofensiva para aliviar la presión sobre Madrid y recuperar la iniciativa. Aunque los resultados militares fueron limitados, la operación mostró la capacidad de planificación y maniobra del Estado Mayor republicano.
Batalla del Ebro (1938):
Considerada su obra maestra estratégica, la ofensiva del Ebro fue la operación más ambiciosa de toda la guerra. Su objetivo era dividir al ejército franquista y permitir una reorganización republicana. Aunque la batalla terminó en derrota, demostró el alto nivel técnico y de coordinación que Rojo había alcanzado, pese a la inferioridad material y aérea.
Tras la caída de Cataluña y la inminente derrota republicana, Rojo intentó negociar una rendición honorable y evitar un derramamiento de sangre inútil. Se opuso a los intentos de golpe interno liderados por el coronel Casado en Madrid, que precipitaron el colapso final.
El 1 de abril de 1939, tras el fin oficial de la guerra, Rojo cruzó la frontera francesa, iniciando un breve exilio. Sin embargo, su estancia en el extranjero fue corta: a diferencia de otros líderes republicanos, decidió regresar voluntariamente a España, pese al riesgo de represión.
