Antecedentes

Revolución de Asturias

«La Revolución de Asturias de 1934 fue un levantamiento obrero y minero contra el gobierno de la Segunda República Española, protagonizado por socialistas, comunistas y anarquistas, que buscaban instaurar un régimen socialista y que fue duramente reprimido por el ejército.»

La Revolución de Asturias de 1934 fue el mayor levantamiento obrero de la Segunda República Española y uno de los episodios más intensos de conflicto social en la historia contemporánea de España.
Ocurrió entre el 5 y el 19 de octubre de 1934 y tuvo su epicentro en Asturias, una región de fuerte tradición minera y sindical.
La insurrección fue protagonizada por obreros socialistas, comunistas y anarquistas, que se alzaron en armas contra el gobierno de centro-derecha presidido por Alejandro Lerroux, apoyado por la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA).
Su objetivo era detener el avance de la derecha y proclamar una revolución socialista.
Aunque la revuelta fue sofocada en apenas dos semanas, dejó un profundo impacto político, social y simbólico en la España de preguerra, anticipando en muchos aspectos la división y la violencia que estallarían tres años más tarde con la Guerra Civil Española.
Tras las elecciones generales de 1933, la Segunda República entró en una fase de crisis y polarización.
La derrota de los partidos de izquierda llevó al poder a una coalición de radicales y conservadores, encabezada por Alejandro Lerroux, con el apoyo parlamentario de la CEDA de José María Gil-Robles.
La CEDA representaba a la derecha católica y antimarxista, que reclamaba una revisión de las reformas sociales, agrarias y militares impulsadas durante el Bienio Reformista (1931–1933) bajo el gobierno de Manuel Azaña.
El ingreso de tres ministros de la CEDA en el gobierno en octubre de 1934 fue interpretado por la izquierda como una amenaza directa a la República y a las conquistas obreras.
El PSOE, la UGT y otros sectores de izquierda consideraron este hecho como un intento de instaurar un régimen autoritario de corte fascista, similar al que había triunfado en Alemania o Italia.
En ese contexto, se planificó una huelga general revolucionaria en toda España, que solo en Asturias alcanzó verdadera dimensión insurreccional.
Asturias era en la década de 1930 una de las regiones más industrializadas y combativas de España, con una fuerte conciencia de clase.
Los mineros del carbón constituían la base del movimiento obrero, organizados principalmente en la Unión General de Trabajadores (UGT) y la Confederación Nacional del Trabajo (CNT).
Aunque socialistas y anarquistas mantenían históricamente tensiones, en Asturias lograron una alianza excepcional, conocida como la Alianza Obrera, que integraba también a comunistas del Partido Comunista de España (PCE).
Esa unidad de acción fue clave para la coordinación del levantamiento y para su fuerza inicial.
El 5 de octubre de 1934, los mineros asturianos iniciaron la huelga general, que pronto se convirtió en una insurrección armada.
Las cuencas mineras del Nalón y del Caudal, junto con la ciudad de Oviedo, se levantaron casi simultáneamente.
Los revolucionarios tomaron ayuntamientos, cuarteles de la Guardia Civil y fábricas de armas, proclamando la República Socialista Asturiana.
Durante los primeros días, el movimiento logró un amplio control del territorio: se formaron comités revolucionarios, se socializaron los medios de producción y se estableció una organización obrera del poder.
El lema de los insurgentes, “Uníos, hermanos proletarios”, simbolizaba la unión de las distintas corrientes obreras en una lucha común.
Las fuerzas gubernamentales locales fueron rápidamente superadas, y los revolucionarios lograron controlar casi toda la provincia, salvo Gijón y Avilés.
El gobierno de Madrid reaccionó con rapidez y decisión.
Declaró el estado de guerra y envió al ejército para sofocar la insurrección.
El mando de la operación fue confiado al general Eduardo López Ochoa, bajo la supervisión del entonces general Francisco Franco, jefe del Estado Mayor Central.
El ejército empleó unidades del Ejército de África, incluyendo Regulares marroquíes y legionarios, tropas experimentadas en combate y con gran capacidad ofensiva.
Estas fuerzas desembarcaron en el norte de España y avanzaron con dureza sobre las posiciones obreras.
Los combates fueron intensos, especialmente en Oviedo, donde los mineros resistieron durante más de una semana.
Sin embargo, la superioridad militar y el aislamiento del movimiento —que no consiguió extenderse con éxito a otras regiones— provocaron su colapso.
El 19 de octubre de 1934, tras violentos enfrentamientos, la revolución fue derrotada.
Miles de insurgentes fueron detenidos, y la represión posterior fue severa: se contabilizaron más de 1.000 muertos (entre combatientes y civiles) y unos 30.000 detenidos en toda Asturias.
La derrota de la Revolución de Asturias tuvo repercusiones profundas en la política española.
Para la derecha, representó una victoria del orden sobre el caos revolucionario, reforzando la imagen del ejército como garante del Estado.
Para la izquierda, fue vista como una tragedia obrera y un ejemplo de la brutalidad de la represión gubernamental.
El PSOE y la UGT fueron duramente perseguidos; muchos de sus líderes, entre ellos Francisco Largo Caballero y Ramón González Peña, fueron encarcelados.
El Partido Comunista aumentó su influencia al presentarse como la fuerza más consecuente en la lucha obrera.
Por otro lado, el general Franco adquirió notoriedad nacional al desempeñar un papel relevante en la represión del levantamiento, lo que contribuiría a su ascenso político y militar en los años siguientes.
La represión de 1934 también profundizó el odio entre clases y radicalizó las posturas políticas, debilitando la convivencia republicana.
Muchos historiadores consideran que la Revolución de Asturias fue un antecedente directo de la Guerra Civil de 1936.
Durante el franquismo, el episodio fue utilizado como justificación de la represión del movimiento obrero y como ejemplo del “peligro rojo”.
En cambio, en la historiografía republicana y de izquierdas, la Revolución de Asturias ha sido recordada como un acto heroico de resistencia popular contra el avance del fascismo en España.
Con el tiempo, la memoria del levantamiento se ha consolidado como un símbolo de la lucha obrera y la solidaridad de clase.
Cada 5 de octubre, en Asturias, aún se recuerda a los mineros que participaron en aquel movimiento conmemorativo de carácter histórico y social.
La Revolución de Asturias de 1934 fue mucho más que un episodio de violencia: fue la expresión del conflicto social y político más profundo de la Segunda República.
En ella se enfrentaron dos modelos irreconciliables de sociedad:
  • por un lado, el reformismo conservador y la defensa del orden republicano;
  • por otro, la utopía socialista y obrera que aspiraba a transformar radicalmente España.
Aunque fracasó militarmente, la insurrección dejó una huella imborrable en la conciencia colectiva del país.
El sacrificio de los mineros asturianos se convirtió en símbolo de lucha, solidaridad y resistencia, mientras que su represión evidenció la fragilidad del sistema republicano y anticipó la violencia que estallaría en 1936.

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